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La panadera del rey y el colegial de El Burgo, novela de Isabel Goig Soler

julio 17, 2013

Panadera-del-Rey,-Goig-SOlerEste mediodía me he encontrado en la Feria del Libro de Soria con la escritora e investigadora Isabel Goig Soler, a quien aprecio mucho. Nacida en Teruel (1951), reside en Soria desde 1979 y ha publicado muchos libros sobre las costumbres sorianas (gastronomía incluida), la documentación histórica y varias novelas. La última lleva el título de “La panadera del rey el colegial del El Burgo” (editada por Ochoa Impresores), que transcurre en la villa episcopal y también en la localidad soriana de Fuentetecha y en la zaragozana de Moros, fundamentalmente (también hay algunas escenas por diversos pueblos de Soria, como Tajueco).

En el prólogo explica que el relato parte de un documento real que conoció a través del burgense José Vicente de Frías Balsa (uno de los personajes de la novela le honra con el nombre y apellido, como acontece con otras personas de la vida social soriana actual). Y dice al respecto Isabel: “Esta narración, basada en hechos reales, no hubiera sido posible si mi amigo José Vicente de Frías Balsa no me hubiera entregado un día, en el Archivo Histórico de Soria, una carpeta con un expediente fotocopiado, a la vez que me decía: “Esto es una novela y la tienes que escribir tú”. Roma locuta causa finita. Aquí está”.

En la solapa del libro se nos indica igualmente lo siguiente: “La historia está basada en hechos reales y documentados. María García, panadera de El Burgo, dos veces viuda, madre de Hipólita Terrer y dos hijos más, uno de ellos sacerdote en Fuentetecha, se querella contra el colegial del Colegio de Santa Catalina, Joseph de Salcedo y Cortés, por rapto en la persona de su hija Hipólita. Pide para él la pena de muerte. Pero , ¿es en realidad un rapto? Cuando el asunto alcanza el punto álgido, será la intervención de la reina Mariana de Austria, y del obispo y señor de la villa, don Sebastián de Arévalo, quienes consigan la solución del caso.”

La protagonista, por cierto, tiene su vivienda en la actual calle Francisco Tello en El Burgo de Osma.

He aquí unos párrafos del primer capítulo de esta novela (que está muy bien documentada)

Capítulo primero

… El otoño de 1689 estaba siendo especialmente lluvioso. Con frecuencia era necesario encajar las piedras que en algunas calles servían de pasarela, y el agua de lluvia se estancaba formando, con las aguas sucias, charcos grisáceos y pestilentes. Distinta era la visión de El Burgo si se elevaba la vista hacia los edificios, pues lo que el agua enlodaba en el suelo limpiaba en las alturas, y así lograba que las nobles piedras de nobles edificios brillaran cuando el sol lograba abrirse paso entre las nubes. Otro tanto sucedía con las huertas alimentadas por las aguas del río Ucero, tierras fértiles de las que brotaban frutos singulares en las tierras de Soria, envidia de otros pueblos circundados por secarrales, a los que era difícil sacarles algo más que avena y guijas.

… El edificio de la Catedral sobresalía por los lienzos de la bien murada villa, y desde cualquier camino por el que se accediera a ella, quedaban avisados los aldeanos que acudían para hacer sus transacciones comerciales o gestiones oficiales, de que el poder residía muros adentro de la hermosa iglesia catedral y del palacio episcopal.

Santa-Catalina,-antigua-Universidad-del-Burgo-de-Osma … En aquel momento histórico era, sin duda, el Colegio de Santa Catalina el edificio más remarcable de la Villa Episcopal, después de la Catedral. Don Pedro Álvarez de Acosta, portugués cuando todavía Portugal no había sido tomada por las armas de Felipe II (aunque también, y según la política de la época, le perteneciera por mor de los enlaces regios entre primos hermanos), se había empeñado en su construcción, como más tarde se empeñaría don Sebastián en la del Hospital de San Agustín. Y de aquella exigencia, con piedras de Osma, quedaría para la posteridad un edificio de portada plateresca, con los escudos del portugués jalonando la imagen de la santa Catalina, una rueda, la misma que muestra en su escudo el pequeño pueblo natal del santo varón, Alpedrinha, en Portugal. Y sobre ellos, advirtiendo al mundo de su poder, el del Imperio donde nunca se ponía el sol. Un edificio hermoso y reluciente de dorado.

… Como todos los pueblos, aunque en el caso de El Burgo fuera del señorío del obispo, había lugares de recreo para los estamentos llano, para el colegial, y para el eclesiástico. Tabernas y mesones para beber vino. Espacios abiertos por donde pasear y jugar a la pelota, a la argolla, o a la barra. Confiterías y chocolaterías para las meriendas de los ensotanados. Y, se sabe por los documentos, que vivían mujeres con un honor muy distraído, que se dedicaban a aliviar los ardores de los varones.

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