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La Dormición de la Virgen-Koimesis en El Burgo de Osma

abril 22, 2013

En el dintel de la portada mayor de la catedral gótica de El Burgo de Osma se ha representado la Dormición de la Virgen, su Tránsito. Más arriba, en el tímpano, hay una jarra o ángora con azucenas, emblema mariano colocado en 1885 (anteriormente debió existir alguna pintura escatológica). En los textos medievales se denomina a esta catedral Santa María de Osma,  y posteriormente  tuvo la advocación de Santa María de la Asunción.

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Esta portada sur del crucero manifiesta en su dintel una exaltación de la Virgen en este Tránsito al Más Allá, tema inexistente en el Nuevo Testamento pero sí en diversos evangelios apócrifos que sirvieron de referencia teológica, litúrgica y artística (incluso la Venerable Sor María Jesús de Ágreda recurre a ellos en su Mística Ciudad de Dios). En otras catedrales españolas también hay representaciones de la Dormición (Toro, Ciudad Rodrigo, Toledo, Vitoria, Laguardia, Deva y Pamplona, por ejemplo).

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En este dintel burgense se ve a los doce apóstoles velando a María yacente en la cama mientras dos ángeles elevan su alma en una sábana. En opinión del mayor experto del gótico de esta catedral, José María Martínez Frías, las mayores analogías de esta iconografía burgense pueden verse en la catedral de Toro pero no por derivación, sino porque ambas utilizarían seguramene un mismo modelo común, una plantilla preestablecida.

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En el extremo izquierdo se encuentra San Juan, y en el lado opuesto Santo Tomás con el cíngulo del vestido de la Virgen en sus manos. “Orden y claridad, de acuerdo con la estética escolástica, parecen regir toda la composición del dintel. Nos encontramos ante esculturas animadas por un fino sentido naturalista, de rostros serios, que dimanan nobleza y bondad, acordes con esa atmósfera de recogimiento interior que preside la escena”, concluye Martínes Frías.

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El ángel que hay en el centro es posible que sea San Miguel. Encima suyo, sore la sábana o manta portada por dos ángeles, está el ánima de María, cuyo cadáver reposa en la cama.

Como resume José María Salvador González,  “celebrada por la Iglesia greco-oriental como una de sus doce Grandes Fiestas Liturgicas anuales, la Dormición (Koimesis) de la Virgen María se convirtio, a la postre, en un tema difundido en toda la cristiandad de Oriente y Occidente, si bien conservando siempre los rasgos distintivos de su origen bizantino. La respectiva iconografia de la Koimesis o Dormición, cuyos primeros ejemplos conocidos –algunos iconos en marfil4 y ciertos frescos en iglesias rupestres de Goreme, en Capadocia,  entre ellas, la celebre “Tokale kilise”– se documentan hacia mediados y finales del s. X, se propaga con rapidez desde el s. XI, y se convierten en un motivo reiterativo en las centurias subsiguientes.  La festividad liturgica de la Dormición de María y su iconografia resultante se basan en un heterogeneo conjunto de leyendas orales y escritos apocrifos,que se documentan desde, al menos, el siglo IV, asi como en numerosas homilias, himnos, exegesis, comentarios y glosas de algunos Padres y Doctores de la Iglesia, teologos, filosofos, predicadores, himnografos,liturgistas y otros pensadores de la Iglesia oriental”.

Los tres textos más esenciales sobre la Dormición de la Virgen son los apócrifos  Tratado de San Juan el Teólogo sobre la dormición de la Santa Madre de Dios (llamado Libro de San Juan Evangelista o el Pseudo Juan el Teólogo, cuya redacción se estima del siglo IV o antes); Dormición de Nuestra Señora, Madre de Dios y siempre Virgen María, escrita por Juan, arzobispo de Tesalónica (conocido como Libro de Juan de Tesalónica fechable a inicios del s. VII); y De transitu Beatae Mariae Virginis (auctore Pseudo-Josepho ab Arimathea), refundición algo tardía de los dos escritos precedentes.

Aun suscitando la suspicacia y el rechazo de numerosos Padres de la Iglesia, entre ellos, San Jerónimo, el contenido esencial de esos tres escritos apócrifos fue adoptado sin excesivas reservas por algunos otros Padres, Doctores y teólogos medievales, sin dejar de ser conscientes de la inverosimilitud de la mayoría de sus episodios y pormenores. Sobre tan legendarios cimientos narrativos construyeron ellos una sólida estructura de digresiones poéticas, reflexiones devocionales, comentarios catequéticos y exégesis doctrinales, con el propósito de suscitar la crédula piedad de los fieles y hacer más asequibles los inaprehensibles enigmas de los dogmas. Se solidifica así a lo largo de la Edad Media un corpus mariológico híbrido, en el que se mezclan en inextricable urdimbre fantasía y realidad, leyenda e historia, razón y fe”, señala José María Salvador González.

Koimesis chipriota

San Juan Damasceno (675-749) hace suya, tras confesar haberla recibido de Juvenal, arzobispo de Jerusalén, una versión de las varias que hubo y así la narró:

“En la santa Escritura inspirada por Dios no se cuenta lo que pasó en la muerte de la santa Theotókos María, pero nosotros nos apoyamos en una tradición antigua y muy verídica de que en el momento de su gloriosa dormición, todos los santos Apóstoles, que recorrían la tierra para la salvación de las naciones, fueron reunidos en un instante a través de los aires en Jerusalén. Cuando estuvieron cerca de ella, unos ángeles se les aparecieron en una visión, y un divino concierto de las potencias superiores se dejó oír. Y así, en una gloria divina y celestial, la Virgen entregó en las manos de Dios su santa alma de una manera inefable. En cuanto a su cuerpo, receptáculo de la divinidad, fue transportado y enterrado, en medio de cantos tres días perseveró sin descanso el canto de los coros angélicos. Después del tercer día,habiendo cesado esos cantos, los Apóstoles presentes abrieron el ataúd a petición de Tomás, que era el único que había estado lejos de ellos, y que, venido el tercer día, quiso venerar el cuerpo que había llevado a Dios. Pero su cuerpo digno de toda alabanza, no pudieron encontrarlo de ninguna manera; no encontraron sino los vestidos funerarios puestos allí, de los que emanaba un perfume inefable que los penetraba, y ellos cerraron el ataúd. Presos de admiración ante el prodigio misterioso, he aquí lo único que pudieron concluir: aquel que en su propia persona se dignó encarnarse en ella y hacerse hombre, Dios el Verbo, el Señor de la gloria, y que guardó intacta la virginidad de su Madre después de su nacimiento, había querido aún, tras su partida de aquí abajo, honrar su cuerpo virginal e inmaculado con el privilegio de la incorruptibilidad; y con una traslación antes de la resurrección común y universal. Estando presentes entonces los Apóstoles, el santo apóstol Timoteo, primer obispo de Éfeso, y Dionisio Areopagita, como lo testimonia él mismo, el gran Dionisio, en sus discursos dirigidos a dicho apóstol Timoteo, a propósito del bienaventurado Hieroteo, también presente entonces…”

Por su parte, Pilar González Casado nos resume otras versiones que vale la pena conocer.

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